lunes, 8 de marzo de 2010

¿Qué culpa tienen los terremotos?


Para vivir en esta loca geografía llamada Chile, es necesario tener en consideración que se trata de una zona sísmica, en la cual se han producido los más poderosos terremotos registrados en todo el planeta.

En parte, nuestro pueblo lo ha sabido tomar en cuenta. El último terremoto ha liberado 50 veces más energía que el acontecido en Haití en enero de 2010, donde murieron 230.000 personas. En Chile, en cambio, el costo en víctimas fatales ha llegado a las 800 personas, aproximadamente la mitad de gente que muere en accidentes de tránsito cada año. Es evidente que la historia nos ha enseñado, al menos, a construir casas, edificios y caminos que en su mayor parte no se nos caen encima, o, en el peor de los casos, hemos aprendido a arrancar de nuestras construcciones en el momento apropiado.

Por supuesto que estos fríos números no sirven para aliviar el horror y la tragedia que han tenido que vivir los habitantes y los familiares de las zonas más afectadas. Sin embargo, a la población en su conjunto nos permite incorporar una visión más cautelosa de la real amenaza que conllevan estos cataclismos; visión que, por lo demás, se hace imprescindible en momentos donde aparecen con toda su fuerza fenómenos psicosociales, como la histeria colectiva, el pillaje y la manipulación oportunista de algunos medios de comunicación y grupos de interés que saben obtener rentabilidad económica y política de este tipo de catástrofes.

Durante un terremoto, el mayor peligro que tenemos es que se nos vengan encima objetos y partes de las construcciones que nos rodean. Si estamos cerca del mar, al poco tiempo, podemos ser afectados por un tsunami, como sucedió en las zonas costeras de las regiones del Bío-Bío y del Maule. Sin embargo, probablemente lo que más llega a afectar a la mayoría de la gente se produce durante los días posteriores.

Si no hay una información adecuada y un manejo inteligente de la situación por parte de las autoridades, estamos expuestos al desborde, la histeria colectiva y conductas anti sociales de todo tipo.

En lugares como Concepción, Penco, Talcahuano y Contitución, ante la desorientación, la ansiedad, el miedo, aparecieron grupos de delincuentes que iniciaron saqueos en los cuales terminaron participando personas comunes y corrientes, salidas totalmente de sí mismas. Sin embargo, también mucha otra gente, no sólo de las regiones más afectadas, fue poseída por la locura irracional de tener y arrasar con lo que pillaba a su paso... eso sí, haciéndolo legalmente, es decir, pagando.

El saqueo “legal” (mediante la compra) a los supermercados y las gasolineras fue un fenómeno que se produjo los días siguientes al terremoto, en Santiago y prácticamente todas las ciudades grandes de la sexta, séptima y octava región. Gente desquiciada, que compraba carros llenos de mercadería en supermercados y tiendas de abarrotes; y que en las gasolineras, no sólo llenaba el tanque de su vehículo, sino que almacenaba combustible en bidones, sin importarle el abastecimiento de los demás. ¿Que es esto? ¿Locura, temor y apego desmedido a las cosas?. ¿Individualismo a ultranza?. ¿Incapacidad para convivir como otros como ciudadano, utilizando los recursos racionalmente?.

Luego del terremoto, prácticamente todo ha girado en torno a la desesperación que produce el ver casas y locales comerciales destruidos y el pánico que genera el funcionamiento anormal de los caminos, las comunicaciones y el comercio. Objetivamente, la mayoría de la gente hemos soportado algunas incomodidades, pero no hemos estado en peligro de pasar ni hambre, ni frío, ni de enfrentar alguna crisis sanitaria.

Me surge entonces la pregunta, ¿qué culpa tiene un terremoto, como fenómeno natural que se produce en un país que se sabe sísmico, de la falta de capacidad que ponemos de manifiesto como sociedad para organizarnos y responder inteligentemente a situaciones que alteran nuestra forma de vida habitual? ¿Qué culpa tiene un terremoto, del apego desmedido que hemos aprendido hacia las cosas y la dependencia hacia nuestros hábitos de consumo?

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