martes, 25 de octubre de 2011

Plagio y propiedad intelectual | ELESPECTADOR.COM

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Y cuando hablo en esa misma columna de la evolución del ojo, ¿por qué no cito la fuente? Simplemente porque no existe “una fuente”, sino miles de artículos impresos, de los cuales he leído decenas, y más de siete millones de entradas en Internet solo sobre este tema. No son autoría de Dawkins, ni las objeciones a la imposibilidad de la evolución gradual del ojo, ni las muchas impugnaciones que se han escrito como respuesta. Tampoco es suyo el argumento de la complejidad irreducible, cuyo principal proponente ha sido del bioquímico creacionista Michael Behe, quien a su vez le atribuye la idea al filósofo William Paley, a quien se debe el viejo “argumento teleológico del relojero” –¿ciego?--, y que en esencia es el mismo asunto discutido extensamente por Darwin.

Hay que entender además que una columna de opinión no es un escrito académico, y que por fortuna escapa a esa detestable exigencia que obliga a rellenar las publicaciones universitarias con citas en su mayoría inútiles, bien sea para crear la ilusión de erudición, o de rigor y respetabilidad intelectual, como ocurre con los circuitos cerrados de citas en algunas disciplinas. Y otras veces, solo por la necesidad de satisfacer el ego de algún jurado, o de los mismos editores de las revistas. Tampoco faltó el lector que exigiera las líneas de código del programa “Maple” (disponible en klaus.ziegler2@gmail.com) que utilicé para simular un sencillo proceso evolutivo, y cuya modesta pretensión era ilustrar de manera vívida un experimento mental que, hasta donde conozca, ningún autor, incluyendo a Dawkins, se ha tomado el trabajo de presentar en forma explícita.

Dejando de lado la indelicadeza del forista y lo improcedente de su reclamo, sus palabras podrían aprovecharse para discutir brevemente un problema harto complejo que, en esta época de autopistas informáticas, se ha vuelto aún más relevante: ¿hasta dónde una idea es realmente original, variación de algo ya sabido, o plagio vulgar?

Cuando analizamos la historia de la cultura vemos que la línea divisoria entre lo realmente nuevo y lo conocido es en extremo borrosa. El teorema fundamental del cálculo se considera uno de los grandes “descubrimientos” de Newton. No está claro hasta donde es original, o solo una reformulación de la llamada “regla de Barrow”. En su magnífico escrito, “Del rigor en la ciencia”, Borges imagina un absurdo mapa que tiene “el tamaño del imperio y coincide puntualmente con él”. No menciona, sin embargo, que la idea aparece en “Sylvie and Bruno Concluded”, de Lewis Carroll: “…¡hicimos un mapa del país, en una escala de milla por milla!...”. ¿Plagia Borges a Carroll? Mozart fue un maestro en el arte de tomar piezas musicales “prestadas” y convertirlas en propias. Se estima que un buen número de sus melodías aparecen en composiciones de sus contemporáneos. ¿Fue el genio de Salzburgo un “reciclador” profesional? Y acerca del plagio opinaba Montaigne: “Crisipo incluía en sus obras no solo pasajes, sino libros enteros de otros autores, y en una incluyó la Medea de Eurípides. Apolodoro decía que si uno borrara lo prestado, en sus obras no quedaría más que el papel en blanco”.

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