sábado, 28 de septiembre de 2013

La ignorancia, la idiotez y la maldad: las tres suposiciones sobre el error

La ignorancia, la idiotez y la maldad: las tres suposiciones sobre el error » The Clinic Online

Vamos a poner un ejemplo de este tipo de fenómenos. Pongamos que yo soy un gran bebedor de té y que llevo más de 20 años bebiendo té. Por otra parte, vengo de una familia de grandes bebedores de té, y además soy el gerente de una empresa familiar de té (Té Verde International). Un observador imparcial reconocería inmediatamente que yo tengo tres razones para creer que el té es muy saludable, pero que ninguna de esas tres razones tiene nada que ver con la realidad de si el té es saludable o no. La primera razón es que yo mismo llevo décadas bebiendo té y me resistiría a creer que no me ha servido de nada, o que incluso es perjudicial. En segundo lugar como vengo de una larga tradición de bebedores de té si cuestiono esa creencia me podría crear problemas en mis relaciones sociales y familiares. Por último, mis alubias dependen de la creencia en que el té es saludable. Es decir, que tengo poderosas razones sociales, psicológicas y prácticas para creer que el té es saludable. Sin embargo, yo no puedo aceptar que mi creencia en que el té es saludable tenga nada que ver con ello, si me preguntan lo más probable es que diga que mi convicción se basa en los hechos, en que es verdad que el té es saludable. Pero si el gerente de una empresa de té es otra persona, entonces yo no tengo ningún problema para juzgar que sus creencias se basan en un interés personal. Nuestra ceguera sólo se aplica a nuestros propios motivos, no a los de los demás. En otras palabras, si queremos desacreditar una creencia argumentaremos que es ventajosa y si la queremos defender diremos que es cierta, que se basa en hechos. Algunos plantean que nosotros sólo podemos ver nuestra propia mente y no la de los demás y que eso da lugar a una asimetría metodológica: sacamos conclusiones acerca de los sesgos de los demás basándonos en las apariencias externas -en si sus creencias sirven a sus intereses- mientras que sacamos conclusiones acerca de nuestros sesgos basándonos en la introspección. Como mucho, podríamos reconocer la existencia de algunos factores que podrían haber sesgado nuestro juicio pero concluiremos que no, que no lo hicieron. Tampoco sorprende que este método de valorar los sesgos sólo lo aceptamos para nosotros mismos y para nadie más. Es decir, que no nos quedamos tranquilos ni creemos a la persona que nos dice que ha mirado en su interior, en su mente y en su corazón y ha concluido que ha sido justo y objetivo (con los demás no somos tan indulgentes).

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