domingo, 2 de junio de 2013

Entrevista con un hombre muerto

Entrevista con un hombre muerto | Pijamasurf

Estar muerto en vida es la más radical expresión de la depresión humana. Movernos indolentemente en lóbregos espacios crepusculares de incontables gamas de grises cuya riqueza matizada nos es insignificante e indiferente –no ya el dolor abismal que inyecta un vibrante veneno en el corazón, sino la anestesia y la analgesia lánguida e interminable, cotidianamente extendida para abrazar al mundo con sus guantes de seda somnífera. Y es que el sufrimiento y el dolor encarnizado no son los síntomas de la depresión más profunda y paralizante –son las señas de una herida abierta en movimiento, posiblemente en proceso de sanación, especialmente en el encaramiento.  Tan sólo sentir –aunque dolor y sufrimiento– es en muchos casos una buena señal, un grito de vida, una estado de agudeza y quizás de coraje. Aquellas depresiones que se caracterizan por la ausencia de sensación –y no deseo de lo ausente– son más preocupantes ya que hablan de una pulsión de muerte (un conjuro psíquico que envuelve como una capa todas las terminaciones nerviosas). La muerte avanza por el organismo en la forma de una voz sinuosa que nos repetimos, un rito que el miedo utiliza como medio de comunicación interna: “Estoy muerto”, nos decimos o “Quiero morirme”. La neuroprogramación entra en la sombra, en los espacios dubitativos de la sinapsis y se erige en default. La neurodegeneración de la depresión más álgida es una posesión de la muerte que apaga “la caja de luces” y tejidos (terminales de pulpo o niño excitado) que se vuelcan al mundo,  hacia afuera, hacia la luz para sentir y compartir. Es a la vez un mecanismo de defensa -ejecución del trauma– para evitar enfrentar la sombra del miedo al amor. De manera misteriosa y con sorprendente poder psíquico que actúa en su entorno –como si fuera su propio pequeño y aciágo dios de la fortuna– el ser humano llega a sabotear toda posibilidad de sentir (amor) para evitarse la posibilidad de perder o ser rechazado por lo que quiere. Somos nuestro único y más cruel verdugo. El miedo es la enfermedad degenerativa por excelencia, la inacción –parafraseando a William Blake– engendra pestilencia.

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