lunes, 17 de enero de 2011

Editorial: Golpes al estado (The Clinic)

Hay todo un mundo ideológico al que no le gusta el Estado. Lo saben necesario y no alcanzan, como los anarquistas, a pretender su disolución, pero aspiran a que se inmiscuya lo menos posible. Ojalá no tuviera propiedades y permitiera que las energías del mercado se manifestaran en todo su vigor. Así, sostienen, la economía crece mucho más rápido, las ambiciones personales se expresan sin cortapisas generando riquezas alucinantes, haciendo a un lado la burocracia gris de funcionarios kafkianos.


Y algo de razón tienen, pero sólo algo. Se la dieron los regímenes comunistas, los totalitarismos, las ansias de control absoluto. Al menos en Chile, sin embargo, esos enemigos del Estado son harto contradictorios: no les gusta que se meta en sus negocios, al mismo tiempo que le exigen regular comportamientos de la esfera privada, de esos que acontecen adentro de una cama o entre voluntades que no involucran al resto. Pero este es otro asunto, aunque tal vez no tanto.

Cuando el Estado es débil, impera el interés y el parecer de los fuertes. Los más capacitados, los mejor relacionados, los vigorosos, los violentos, se imponen sin cortapisas por sobre los frágiles, los marginales, los delicados y los desarmados. El Estado existe para recordarnos que habitamos un espacio común y que en muchos aspectos nos pertenece a todos por igual. Existe justamente para que la voluntad de unos pocos –los poderosos- no le pueda pasar por encima a los débiles.

Es el gran contradictor de la lógica apabullante del mercado, el encargado de aclarar que una sociedad no es una industria cuya única finalidad es producir, ni un país una empresa cegada por la rentabilidad. Los sujetos con quienes interactúa un Estado reciben el nombre genérico de ciudadanos, y no, como quisieran sus enemigos, de consumidores. La diferencia entre ambos es que su calidad no está dada por la plata que poseen, sino por el simple hecho de pertenecer a una comunidad en la que todos comparten los mismos derechos, así le pese a los mejor dotados.
Los argumentos económicos no le bastan a un Estado. Sus mejores negocios no siempre rentan en pesos ni en divisas. Es justamente él quien se encarga de llevar a cabo emprendimientos que el egoísmo personal no está dispuesto a abordar, y es también el llamado, muchas veces, a impedir que la ansias de dinero arrasen con la cordura. A mí me gusta el Estado: es la casa de la democracia, una iglesia en la que caben todas las iglesias, una propiedad sin dueño, un ámbito donde el éxito no se transa en la bolsa, sino en las calles.

Empieza a cundir la convicción, por los ruidos de privatizaciones y el recorte de los subsidios australes, de que en este gobierno prima una lógica que lo desprecia. Una administración que se parece más a la gerencia de un retail que a la concepción humanista de un espacio de convivencia donde prime la cercanía, la comunión y el buen vivir. Demasiada fascinación por el capital, por las cuentas eficientes, por el rendimiento económico y la policía que lo resguarda: mucho paco y poca civilidad, calculadora en lugar de literatura, más cosechas millonarias que parques para deambular. ¡Ahora incluso quieren pavimentar el Forestal!

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